{"etiqueta":"3.1.4.5.","idpadre":"77","titulo":"Una sinopsis de la guerra ofensiva durante el gobierno del virrey Martín Enríquez","contenido":"
Para evaluar el belicismo del virrey Enríquez en la frontera nos parece necesario retomar el pleno sentido del concepto "guerra ofensiva". Esa clase de guerra, reclamada por los pobladores europeos desde la década de 1550 y a la cual consintió la junta de teólogos de 1569, significaba que el gobierno colonial, en forma legítima, podía tomar la iniciativa y atacar al enemigo indio en su propio territorio, y aplicar aquellos castigos que estipulaba el derecho de la época.<\/p>\r\n\r\n
Respecto al primer nivel de análisis, de índole operativo-militar, las investigaciones especializadas de Powell aportan muy pocos datos nuevos de archivo y, por nuestro lado, no hemos podido subsanar esta insuficiencia. Sólo cabe por el momento, en consecuencia, presentar la escasa información disponible y sugerir algunas hipótesis en función de ella.<\/p>\r\n\r\n
La única descripción que conocemos sobre un operativo de la guerra ofensiva declarada en 1569 versa sobre el primero, emprendido justamente ese mismo año. Nuestra fuente, fray Juan de Torquemada, como ya hemos citado, narra que en 1569 los guachichiles andaban "muy atrevidos y desvergonzados" descargando asaltos por los caminos comarcanos a San Felipe (por allí pasaba el camino real a Zacatecas) y las minas de Guanajuato. Torquemada calla sobre la junta de teólogos convocada en esos momentos por el virrey Enríquez, aunque debía conocer muy bien qué pareceres virtieron allí las órdenes religiosas y en especial la suya, la franciscana, pero sí nos informa acerca de los resultados inmediatos que ella tuvo: el virrey mandó hacer algunos fuertes y presidios en el camino de Zacatecas, los que llaman del Portezuelo y el de los Ojuelos, y mientras esto se efectuaba, dio comisión al alcalde mayor de Guanajuato, Juan de Torres, para, "con la más gente que pudiese, saliese en busca de los salteadores guachichiles, corriendo la tierra por lo más interior y áspero de ella".1<\/sup><\/a> A continuación, Torquemada brinda un relato de esa primera campaña de la guerra ofensiva. El alcalde Torres salió de Guanajuato con cuatro compañías de soldados y 300 indios amigos en pos de un grupo de guerreros guachichiles que había atacado un lugar nombrado El Robledal, matando la gente que allí estaba a excepción de tres mujeres españolas que llevaron consigo. La mayor dificultad que afrontó este operativo, según Torquemada, fue el fragoso y desconocido terreno; más que el hambre se padeció la sed, al extremo "que bebieron de los orines de los caballos, que aunque la tierra era montuosa, como iban a tiento y sin guía por ella, no atinaban con los aguajes". Después de 30 días "de trabajosos caminos", la fuerza española encontró una ranchería de los salteadores; como los indios "estaban desapercibidos", dando al alba sobre ella, "prendieron y mataron más de quinientas personas". Llevando en colleras los indios que habían quedado vivos de esta refriega, "al cabo de otros treinta días que anduvieron vagueando por aquellas serranías, dieron en la otra ranchería que buscaban y en ésta hicieron el mismo efecto que en la pasada".<\/p>\r\n\r\n Torquemada también relata el final de la jornada. Luego del segundo ataque el mando de la tropa decidió el regreso a Guanajuato, "pero considerando la tierra y su aspereza y sus despoblados y sequedad, les pareció ser imposible volver por ella, y tomando acuerdo... se resolvieron en pasar adelante y no volver atrás por la imposibilidad que ofrecía la vuelta"; ayudó a este acuerdo, puntualiza Torquemada, la noticia que dieron los prisioneros guachichiles de que a tantas jornadas había un poblado con un religioso (fray Andrés de Olmos) y soldados españoles. "Guiados de estos bárbaros cautivos", andando "perdidos por aquella tierra más de cuarenta días, padeciendo grandísimos trabajos", los soldados lograron dar con la villa de los Valles, desde donde, "por partes más contrarias de aquella Huasteca, se volvieron a las de Guanajuato". En los Valles, anota por último Torquemada, los soldados "hicieron partición de los cautivos"; los niños y niñas que no llegaban a edad de ocho años fueron enviados al virrey para ser criados en la doctrina y costumbres cristianas, "como se acostumbraba en aquellos tiempos, cuando se hacía algún alcance y presa en estas bárbaras gentes, los cuales se repartieron entre castellanos y gente de satisfacción para su buena crianza".<\/p>\r\n\r\n Aunque se carezca de datos como los que brinda Torquemada para la primera campaña iniciada en 1569 por el alcalde Juan de Torres, parece indudable que hasta 1573 la guerra ofensiva prosiguió con una alta intensidad. La forma en que Francisco de Sande, oidor y alcalde de corte en la audiencia de México, dirigió la guerra durante seis meses en 1570 se consideró en la época como un modelo ejemplar; él ahorcó a Macolia y Bartolomillo, jefes de dos de las más importantes parcialidades guachichiles del Tunal Grande, y condujo prisionero a México a Maticoya, jefe de la parcialidad guachichil más renombrada -apunta Gonzalo de las Casas- "por haber andado en ella Martinillo con su gente y haber hecho tanto daño". El sucesor de Sande, Juan Bautista de Orozco, oidor de Guadalajara y ex alcalde de corte de la audiencia de México, tuvo igualmente una eficaz actuación; Powell le adjudica gran parte del mérito en la captura y castigo de casi 80 famosos jefes chichimecas ocurridos durante esos años.2<\/sup><\/a> En 1584, en su informe al Tercer Concilio, el doctor Hernando Robles encomió sin reservas este brioso lapso de tiempo de la guerra ofensiva: dos oidores, "con título de generales cada uno en el tiempo de su comisión, habiendo hecho muchas averiguaciones de salteamientos, robos, muertes, cruezas, incendios y sacrilegios, hicieron muchos castigos ahorcando y haciendo cuartos mucho número de estos salteadores y capitanes de ellos y condenando en servicios temporales". No olvidemos, tampoco, que este tiempo estuvo señalado igualmente por las figuras de Vicente de Saldívar y Baltasar de Bañuelos quienes, como tenientes de capitán general, dirigieron y sostuvieron la guerra canalizando hacia ella parte de su riqueza obtenida como mineros en Zacatecas. Ahora bien, esta gran actividad en la guerra ofensiva debe ser reexaminada -como haremos en el capítulo siguiente- considerando otro elemento: en gran parte esta ofensiva no estuvo dirigida sólo hacia los indios "salteadores" sino que también abarcó el territorio de pueblos apartados del conflicto con los españoles.<\/p>\r\n\r\n Este primer lapso de tiempo contrasta con otro inmediato que aparece reflejado en la tan conocida carta del arzobispo Moya de Contreras, fechada en la ciudad de México el 31 de agosto de 1574 y dirigida al licenciado Juan de Ovando, presidente del Consejo de Indias. El arzobispo avisa que llegan cada día nuevas noticias de los daños que estaban infligiendo los indios en la comarca de las minas de Zacatecas, San Martín y Sombrerete y otras de la Nueva Galicia, ocasionando muertes de españoles e indios amigos, robos de ganado, y que en las minas de Fresnillo y Sombrerete incluso robaron las mulas que se utilizan en el transporte y molienda de los metales. El arzobispo acusaba al virrey de negar dinero para la frontera, y que su negligencia era mayor en estos momentos, pues, por ejemplo, si antes Vicente de Saldívar sustentó la guerra a mayor escala a su propia costa, ahora que el financiamiento había quedado ceñido sólo a los fondos oficiales, las fuerzas dispuestas para la guerra ofensiva estaban limitadas a un capitán llamado Roque Núñez, con 500 pesos de salario, y 15 o 20 soldados a 200 pesos, y así "mal se puede hacer la guerra con tan poco dinero y tan poca gente".<\/p>\r\n\r\n Las noticias que llegaban a México sobre la dificultosa situación de las minas localizadas en la región de Zacatecas eran ciertas. Pero la relación que establece el arzobispo entre esa crisis y el abandono de la guerra ofensiva nos parece cuestionable.3<\/sup><\/a> Recordemos los datos que presenta García-Abásolo sobre la zona aludida por Moya de Contreras: en 1574 se rebelaron los indios de San Andrés, Valparaíso y otros del área de Llerena, y sus ataques tocaron hasta San Martín, el valle de Súchil, Atotonilco, siendo reprimidos por el alcalde mayor de Llerena, Juan de Avellaneda, y el capitán Rodrigo del Río; este último persiguió a los sublevados a través de las sierras de San Andrés, Valparaíso y Trujillo, y ejecutó a varios jefes. Estos datos, al precisar la zona india "rebelada", sugieren que este conflicto se originó, no por el decrecimiento de la guerra ofensiva española, sino porque estas acciones fueron también dirigidas hacia pueblos que se mantenían "en paz", sin involucrarse hasta ese momento en la "guerra chichimeca". Un poco más adelante retomaremos este problema.<\/p>\r\n\r\n Hemos citado ya el parecer que el oidor Hernando de Robles redactó a finales de 1584 para el Tercer Concilio. Al caracterizar las sucesivas etapas de la guerra, después de la de 1570-1574 y antes de la de 1578-1579, Robles distingue otra fase específica, a la cual concede gran atención:<\/p>\r\n\r\n Y por los años de setenta y algunos adelante, procuraron aliarse con más fuerza que hasta allí con una gente fiera de la tierra adentro de quien tenían noticia y habían trabado amistad en tiempos atrás, que llaman guachichiles, atanacoyas y mascorros y otros sus aliados, y con su ayuda y armas, sirviéndoles estos otros de guía para todos los rincones de las dichas provincias, caminos y carreras de ellas, los unos y los otros hicieron mucho más robos, muertes y asolamientos de lugares y estancias de los que hasta allí se habían hecho. Y habiendo venido ante el dicho virrey las informaciones de esto, proveyó un alcalde de corte de los que residían en la real audiencia, con título asimismo de general, con instrucciones secretas para que tratase de reducirlos si pudiese y congregarlos en tierra de paz, y cuando no quisiesen los procurase acabar en cualquier manera. El cual, habiendo hecho diligencias con ellos para traerlos al dicho efecto y prometídoles buen tratamiento, tierras y lugares a su gusto, vestidos y maíz y todo lo demás que pudiera ser medio para que concedieran en su pretensión, no aprovechó. Antes, andando en estos conciertos con ellos, los guamares de San Francisco y los que decían de Jaso y los pamíes de Santa María y la Barranca, con ayuda de los de la tierra adentro a quien traían como está dicho arriba para hacerse fuerte con ellos, hicieron grandes asaltos, robos y muertes en arrias y carretas en los caminos de Guanajuato y Zacatecas, fingiendo ellos que no eran partícipes en los dichos delitos sino que los dichos guachichiles y sus aliados de la tierra adentro lo hacían. Lo cual averiguado con información bastante y habiéndose prendido mucho de ellos, vinieron a confesar que los que traían a los guachichiles y sus aliados para los dichos daños, robos y muertes, eran estos que se tenían por de paz en lo cual también se hallaban los mismos mostrándoles las partes y lugares donde habían de acometer, sirviendo muchas veces de espías dobles con los nuestros, para que no los pudiesen haber a las manos ni castigar ni quitarles las presas que llevaban. Y se hizo justicia de mucho número de salteadores y entre ellos de hombres muy señalados en sus naciones.<\/p>\r\n<\/blockquote>\r\n\r\n Consideremos los acontecimientos señalados en la versión de Robles. Antes que nada, conviene aclarar que el alcalde de corte con título de general que dirigió todas las operaciones allí expuestas era el propio oidor Hernando de Robles; en términos cronológicos, su comisión en la frontera se extendió desde diciembre de 1576 a agosto de 1577.<\/p>\r\n\r\n El oidor Robles distingue el ámbito principal de su actuación. No era el de los guachichiles, la "gente fiera de la tierra adentro", sino el de los guamares y los pames,4<\/a> a quienes los españoles señalaban como aliados de aquéllos, sirviendo como espías, guías o, incluso, interviniendo en los mismos asaltos. Según Robles, las instrucciones dadas por el virrey Enríquez eran las de ofrecerles la paz, condicionada a la exigencia de instalarse (reducirse) en tierras pacificadas, y, en caso de que no la aceptaran, acabar con ellos "en cualquier manera". Iniciadas las negociaciones con algunas de las cuatro o cinco parcialidades guamares, las del valle de San Francisco y las de Comanja y Jaso, y otras dos parcialidades pames, las de Santa María y la Barranca, Robles las dio por terminadas y pasó a hacer "justicia" con ellos. Según su versión, el castigo obedeció a que los indios estaban haciendo un doble juego: mientras negociaban con él la paz, seguían colaborando en los asaltos guachichiles a los españoles que transitaban por los caminos de Guanajuato y Zacatecas. Nos enfrentamos a la misma cuestión de siempre ¿quiénes llamaban a negociar la paz con una disposición traicionera, los indios o los blancos?<\/p>\r\n\r\n Si hay que dar una respuesta, nos inclinamos a pensar que esta vez el engaño procedía del oidor Hernando de Robles. Sin tomarlas como indicios que avalen nuestra sospecha, expondremos dos referencias sobre las intenciones que animaban al virrey Enríquez en los momentos previos a la partida del oidor Robles hacia la frontera. En una carta al rey fechada el 31 de octubre de 1576, Enríquez informaba que, junto con la audiencia, había decidido hacer la guerra "a fuego y a sangre", incrementando las fuerzas militares y el rigor del castigo (esclavitud temporal) a los indios hechos cautivos. Y en julio del mismo año urgía al oidor Santiago del Riego, que se hallaba de visitador en las minas de Zacatecas, el envío de información sobre los paraderos "chichimecas" pues, estando decidido el enviar soldados a sus "rancherías a castigarlos" y siendo imposible llevar la guerra a todas partes al mismo tiempo en una tierra tan larga, "podría ser que castigando bien a los unos se extendiese el miedo hasta los otros".<\/p>\r\n\r\n El castigo infligido por Robles a los guamares y pames pretendió ser ejemplar y así mereció el elogio de todos los europeos de la frontera. En el párrafo arriba citado, Robles dice que "hizo justicia de mucho número de salteadores y entre ellos de hombres muy señalados en sus naciones"; en una carta al rey precisó el número de ajusticiados, 77, en su mayoría caciques; nueve de los más destacados fueron ahorcados y expuestos en los caminos. Robles trasladó más de mil indígenas a Acámbaro y Querétaro, donde les dio tierras para sementeras dejándolos bajo la vigilancia de los franciscanos. Pero también cedió a sus capitanes y soldados (como en el caso de los guamares de Jaso y Comanja) todas las presas que pudieran tomar, incluidas mujeres, muchachos y muchachas, por un periodo de 14 años, con la única restricción de que los cautivos, durante ese tiempo de servicio, no residieran en las minas de Guanajuato ni a 30 leguas alrededor.<\/p>\r\n\r\n Pese a conducir una tropa numerosa y bien armada, el oidor Robles no fue en pos de los guachichiles, la "gente fiera de la tierra adentro". El mundo español supuso que el recio castigo infligido a los guamares y pames, acusados de colaborar con los guachichiles, serviría como efecto de demostración y aplacaría la violencia india. Ésas fueron las esperanzas, confiesa Robles, pero la creencia no duró mucho porque al poco tiempo el furor indio incendió toda la frontera, tal como lo refleja el mismo Robles:<\/p>\r\n\r\n ...de ahí a pocos años, que fue por el de setenta y ocho y nueve pasados, tornaron con un ímpetu más crecido y con una rabia y crueldad no creedera hicieron los más extraños estragos que se haya oído ni visto. Porque desde el dicho tiempo hasta el año de ochenta y uno y dos, se averiguó por informaciones auténticas que mataron entre indios de paz y españoles, negros, mulatos y mestizos, más de mil personas, hombres, mujeres y niños, haciendo en ellos las más crueles muertes que se han oído, leído ni visto. Porque a los hombres les sacaban el corazón vivos y se los comían y les cortaban todos los miembros, y a las mujeres preñadas abrían y con la criatura del vientre le daban por los ojos y luego se la comían. Quemaron y asolaron diez y nueve lugares poblados de indios y cristianos y de paz; diez y seis estancias de ganados mayores y menores, sin dejar cosa en ella. Pusieron fuego a las iglesias, quemando las imágenes y altares, profanaron las vestiduras consagradas haciendo ropas para sí de ellas partiéndolas en pedazos, y lo mismo en los cálices y vasos del culto divino. En religiosos hicieron muertes cruelísimas sacándoles todo el cuero de las coronas para hacer ultraje de ellos y guardándolo para sus mitotes y profanidades, y haciendo de sus hábitos vestidos... El número de ganado que han llevado y muerto es infinito y de innumerable estima y pérdida de sus dueños.<\/p>\r\n<\/blockquote>\r\n\r\n Es probable que la desdichada imagen presentada por el oidor Hernando de Robles no contenga exageración alguna. Las cuadrillas "chichimecas" parecían estar en todas las partes de la frontera; las minas de Ranchos, San Pedro, San Buenaventura, Indehe y Charcas habían sido despobladas y, suponemos, no eran sólo guachichiles los que acometían con un brío cada vez mayor sobre las salinas de Peñol Blanco y las minas de Mazapil, Chalchihuites, San Martín, Fresnillo y Sombrerete.5<\/sup><\/a> El presidente de la audiencia de Guadalajara, doctor Juan de Orozco, un funcionario con amplia experiencia en las cuestiones militares de la frontera, debió trasladarse en 1580 a Zacatecas para conducir de cerca las operaciones. Con perspicacia Orozco reflejó la escalada bélica que envolvía a la frontera en los últimos dos o tres años: percibiendo los indios cómo los españoles aumentaban las fuerzas militares:<\/p>\r\n\r\n ...crecieron ellos asimismo sus cuadrillas de gente, y comenzaron con furia diabólica a acometer por todas partes y hacer muchos más daños y más crecidos de los que jamás se habían hecho, ansí por los caminos como por los campos y pueblos. De manera que los soldados en ninguna manera eran parte para resistirlos, porque les salían por momentos a los caminos donde residían y los mataban y encerraban en los fuertes y les llevaban los caballos. Y lo que peor es que han venido a ser tan prácticos que salen los dichos indios a caballo y armados con las armas que han quitado a los españoles que han muerto, y han tirado algunos arcabuzazos, de manera que asolaban todo cuanto por delante topaban, y si alguna persona se les huía, le alcanzaban fácilmente la ligereza de los caballos y los mataban. Y andaban con tanto atrevimiento que, topando en el campo al capitán Roque Núñez, hombre valiente y de mucha experiencia entre ellos y llevando consigo más de cuarenta personas a caballo y muchos de ellos muy bien apercibidos y armados, lo acometieron los dichos indios y le mataron y le hicieron otros daños y desbarataron los demás...<\/p>\r\n<\/blockquote>\r\n\r\n Los pueblos indios estaban cambiando su forma de pelear. Más que en los "arcabuzazos" ocasionales que pudieran disparar debemos fijarnos en el uso del caballo. Para muchos españoles, si el gobierno no se decidía a exterminar pronto a los indios, el caballo les vendría a dar la victoria a ellos. El enfrentamiento con la tropa del capitán Núnez y la muerte de éste en el combate ocurrido en el Malpaso, a tres leguas de Zacatecas, conmovió en 1578 la frontera. Núñez llevaba 40 o 50 hombres y él era el capitán más feroz y de mayor experiencia en la guerra: "le temían los indios", repiten muchos documentos. Y según el doctor Orozco, el caso del capitán Núñez no era un hecho singular, raro, los indios ya no rehuían a las compañías de soldados sino que salían a enfrentarlas.6<\/sup><\/a><\/p>\r\n\r\n En septiembre de 1580 el virrey Enríquez redactó unos avisos para su sucesor, el conde de Coruña. En el capítulo correspondiente a la guerra chichimeca, Enríquez resumió la política que había llevado concluyendo que nada fue y sería suficiente mientras el rey no se determinara a adoptar la decisión de asolar a los chichimecas a fuego y a sangre. Enríquez omitió en estos avisos una reflexión sobre un proceso que no dejaron de observar y analizar algunos españoles en aquella misma década de 1570: bajo su gobierno creció el belicismo de la frontera, al agregarse más áreas y más pueblos indios al combate contra los españoles. La causa primordial de esta escalada residía, según aquellos juicios, en que la guerra ofensiva decretada por Enríquez en 1569, a poco de llegar a la Nueva España, derivó en una cacería de esclavos en los pueblos "chichimecas" que vivían quietos, bajo sus costumbres y sin hacer ningún daño a los españoles.<\/p>\r\n\r\n 1<\/a> Coincide con lo que informó en una carta el padre Focher: después de recibir su parecer, el virrey "mandó fuesen capitanes que pacificasen la tierra y asegurasen los caminos y se hicieron casas fuertes". Focher agrega un dato que silencia Torquemada: el virrey dio licencia para que los chichimecas tomados prisioneros "se hiciesen esclavos por 14 años hasta que otra cosa por Su Majestad fuese determinado".<\/small><\/p>\r\n\r\n 2<\/a> Para Powell, Juan Bautista Orozco dirigió la guerra chichimeca entre octubre de 1569 y octubre de 1574; García-Abásolo, con base en documentos del mismo Orozco, estima que dirigió la guerra, en forma directa, durante un periodo de sólo nueve meses.<\/small><\/p>\r\n\r\n 3<\/a> Generalizando, en 1584 el oidor Hernando de Robles reiteró la misma idea: se creyó que la vigorosa guerra desatada por los dos oidores impuso "pavor a los que restaban vivos para no atreverse" a nuevas incursiones contra los españoles, pero "en poco tiempo que no se prosiguió el tornar a seguillos, se volvieron a su malvada costumbre".<\/small><\/p>\r\n\r\n 4<\/a> El memorial de Gonzalo de las Casas, de circa<\/em> 1574, constituye la mejor fuente disponible sobre el hábitat y las parcialidades de estas dos naciones; para este autor, mientras los guamares era la nación "más valiente y belicosa, traidora y dañosa de todos los chichimecas", los pames eran muy poco belicosos y prácticamente no ocasionaban ningún daño a los españoles.<\/small><\/p>\r\n\r\n
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